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Quod visum placet. Rafael Tomás Caldera

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Y ágil, humildemente,
la materia apercibe.
Gracia de aparición:
esto es cal, esto es mimbre.

Jorge Guillén. “Más allá”, Cántico

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Las torres de la Sagrada Familia

Esplendor de la forma, según la doctrina clásica, la belleza es de captación inmediata. Lejos de requerir un proceso de análisis racional –siempre posible après coup— se da con la evidencia de un presente a los sentidos inteligenciados del ser humano. A la vista y el oído, de modo particular, más dispuestos por naturaleza a la percepción de esas formas en cuya apariencia misma encontramos un bien. Porque se trata de eso, en primer término: como lo dijera Tomás de Aquino, en una de sus lacónicas fórmulas, lo propio de lo bello es que in eius aspectu seu cognitione quietetur appetitus, que en su aprehensión se aquiete el apetito.

Así, bello será quod visum placet: lo que visto, agrada. Aquello en lo cual el afecto encuentra su reposo y su alimento, pero no por la sustancia misma del sujeto contemplado o por su posesión real sino precisamente en cuanto contemplado. La belleza resulta de esta manera una propiedad intermedia entre la verdad y la bondad de los seres: es un bien ciertamente –esto es, objeto de apetición–; pero un bien en su aparecer, sin que se reduzca a esa mostración propia de la verdad. Donde se descubre el ser mismo del sujeto, su esencia y propiedades.

Por eso, podemos insistir, lo específico de la belleza es colmarnos con su aparición. De allí también la inmediatez con la cual se nos da o con la cual es captada. Sería un extraño error, en verdad una suerte de category mistake pretender que el reconocimiento de algo bello exija previamente una comparación de su realidad con las notas de su propia esencia, a fin de determinar si, en efecto, se halla completa, íntegra. ¿Habríamos de medir primero el edificio y comparar sus proporciones con algún canon o sección áurea para poder afirmar luego su hermosura? Al margen de su densidad real, las razones pueden llevar a tales aporías, casi de juego dialéctico. Entendemos pues que la doctrina clásica coloque entre las propiedades de lo bello -o sus momentos constitutivos–, junto a la integridad y la proporción, la claridad. Lo bello es claro: la claritas la pertenece máximamente a la belleza.

De esta manera, aparte de entender mejor que la belleza sólo puede mostrarse ante una inteligencia –en este caso, el de la belleza estética, ante una inteligencia dotada de sentidos, como la del ser humano–, capaz de recibir la claridad de la forma en y a través de la manifestación sensible; vemos también que puede darse y se da de hecho una gradación en esta cualidad de los seres: si puede afirmarse que se trata de algo que acompaña a todo ser por su mismo ser, debe afirmarse también que se realiza en grados diversos para diversos sujetos. Pero, nadie tiene dudas al respecto.

En cambio, habría que subrayar que al decir de la belleza que es objeto de captación inmediata no se dice que sea exhaustible al primer golpe de vista. Al contrario, todo objeto bello, aun mínimo –como un camafeo o una de esas pequeñas flores silvestres en un terreno baldío–, suele resultarnos inagotable: podemos recrearnos casi indefinidamente en cada detalle, detalles que desde luego son percibidos en su referencia al todo y no como algo aislado, fuera de contexto. Hastiarse de algo bello sería entonces –cuando ocurra– consecuencia no de la belleza misma, sino de su posible limitación: dotada de múltiples riquezas, aquélla no sería sin embargo una belleza total. Por otra parte, al estar su captación ligada a lo sensorial –por pertenecer, como hemos mencionado, al campo de lo estético–, puede sufrir las variaciones que experimenta todo lo sensible y material, tanto en el objeto mismo como en las facultades del sujeto.

Acaso quepa añadir que, según aquello de lo que se trate nos resulte más o menos familiar, cabe que de primer intento no captemos su belleza. En tal caso, no habríamos discernido aún su configuración, que se nos pierde confundida con el contorno. Se requerirá por nuestra parte un poco más de frecuentación, para que el ojo o el oído se habitúen a las nuevas formas. Sin embargo, la preparación –cuando sea necesaria– no consiste en un ir teniendo trozos o porciones de belleza, que luego juntaríamos en una experiencia de totalidad. No, como el camino que lleva al santuario, descubierto de golpe en su explanada tras un último recodo, ese trabajo previo se sitúa en otro orden: el del progresivo discernimiento de la figura misma de lo captado. Aunque podríamos decir que, incluso en tales casos, precisamente la belleza acelera el proceso, porque el esplendor de la forma tiende de por sí a vencer y vence la confusión inicial en que nos hallábamos.

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Cripta de la Sagrada Familia

Cripta de la Sagrada Familia

En este punto, una breve interpolación para aclarar la referencia, hecha ya en dos ocasiones, a lo estético y su posible distinción con lo trascendental, puede ser útil. La belleza de la cual solemos hablar y que, en forma directa, venimos considerando, es la que se presenta a los sentidos. Por eso, belleza estética. Pero, esto no significa que lo bello sea una propiedad exclusiva de los seres corpóreos; lejos de ser el caso, puede afirmarse que es algo perteneciente al ser mismo. Por tanto, que se trata de lo que ha sido llamado una propiedad trascendental del ser: algo que se cumple en todo ser, más allá de su división en categorías o géneros.

Belleza no estética, entonces, sería aquella que es captada por medio de la sola inteligencia, puesto que de suyo no es objeto para los sentidos, como la belleza de una fórmula matemática, de alguna ordenación ideal o de alguna acción moralmente admirable. Brevemente, la belleza de todo sujeto espiritual.

Por otra parte, la belleza de alguna esencia, aun de las cosas materiales, no puede ser aprehendida sino por la inteligencia: trasciende lo sensorial, para brillar con el esplendor de la verdad ante la mente humana. El plano de lo estético es pues siempre, propiamente, el de las formas accidentales: la figura, el volumen, el color, el ritmo, formas que pueden ser bellas incluso donde haya cierto defecto esencial. Así el edificio airoso, casi de valor escultórico, que sin embargo no cumple exigencias básicas de funcionalidad interna, de acuerdo al propósito original de su construcción.

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Columnas sobre el altar central

Columnas sobre el altar central

Ahora bien, la captación inmediata de toda belleza presupone un dato subyacente, que acaso pueda ser observado con mayor facilidad en el plano de la belleza estética, a saber: la connaturalidad entre el sujeto que capta y el sujeto que es captado en el esplendor de su forma. Connaturalidad, es decir, armonía o proporción naturales, sin lo cual no podría entenderse la realidad misma del fenómeno. Procedamos por partes.

Es cierto que la variación de gustos o de juicios en el campo de lo estético puede ser casi infinita, lo que apuntaría al carácter convencional o adquirido –cultivado, digamos– de la apreciación de lo bello. Sin embargo, en cada una de estas variantes tendremos siempre el mismo carácter de inmediatez en la captación, tan alejado del proceso analítico de la razón. (Por lo demás, de allí que las discusiones en este terreno, si se dan, sean literalmente interminables: no hay modo de convencer, puesto que no se trata de un proceso racional, apoyado en argumentos de valor universal. De allí también que todo el que ama alguna belleza, pierda la mesura y arremeta –como Don Quijote con el vizcaíno– al sentir que la apreciación ajena pone en tela de juicio y amenaza, de ese modo, con destruir el objeto de sus amores). Por eso, puede afirmarse que, para cada caso, lo bello captado resulta connatural al sujeto que lo afirma. Esto es, que se ha establecido una proporción –al modo natural– entre la belleza y el ojo que la contempla, de tal manera que, precisamente, éste encuentra allí su deleite.

Fruto de la cultura, esto es, de un cultivo determinado, tal connaturalización presupone a su vez la armonía del objeto con unas estructuras naturales, que vienen al mundo con el hombre mismo: la estructura de sus sentidos. Así, sabemos que para el ojo humano hay un rango óptimo de luz, intermedio –podríamos decir– entre el fulgor radiante del sol y la penumbra de un pasillo a oscuras. Sobre esta base natural, con rangos comunes para la especie, la habituación produce las variaciones que hemos mencionado con anterioridad. Aplicándolo al ejemplo de la luz, vemos una neta diferencia entre el ojo acostumbrado a la luminosidad del trópico y el que no lo está, por efecto de vivir en algún país del norte

De manera semejante hay que plantearse el examen de las variaciones en los gustos, ésas que son tan significativas de los cambios generacionales y que muestran sin duda la plasticidad de la percepción humana. Sin embargo, debe advertirse que al hablar de gustos difícilmente se considera lo bello en estado puro, si cabe hablar así. Esto es, lo percibido es siempre un objeto complejo, con aspectos varios, que impresionan también en forma variada la sensibilidad del ser humano. Con lo cual se impone un cuidadoso discernimiento para no mezclar en una teoría de la belleza elementos que, en definitiva, le son ajenos.

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Detalle de la bóveda

Detalle de la bóveda

Como quiera que se considere, la belleza percibida resulta siempre para nosotros un don, un presente. Y éste sería el último elemento que debemos examinar ahora, dentro de la noción clásica de lo bello como quod visum placet.

En efecto, el sujeto que aparece en el esplendor de su forma –sujeto u objeto, según el caso– nos aporta con su presencia misma un bien que nos conmueve y deleita. Gracia de aparición, diría el poeta, en el doble sentido de algo gratuito, que no hemos merecido ni obtenido por esfuerzo alguno de nuestra parte; y de algo lleno de gracia que encanta, que agrada, que nos mueve al agradecimiento. De esta manera, la belleza hace presente una dimensión del valor del ser, que nos sitúa y marca un sentido.

Ante todo, nos sitúa. Se trata de un don actual –poseído en su mismo aparecer– que crea de inmediato un ámbito de pertenencia: nos invita a salir de nosotros mismos, de la clausura del pensamiento que se piensa o del flujo de imágenes reiterativas, para ponernos en sintonía con esa realidad esplendorosa y, por su intermedio, virtualmente con el todo de lo que existe. Descubro entonces que pertenezco a esta hermosura –que, como decimos, esto es lo mío–, de tal manera que, alejado de su presencia, me siento de algún modo en exilio o –con antigua expresión– en la región de la desemejanza. La belleza nos persuade, sin dificultad y sin razones, de que somos suyos.

Pero, si nos sitúa, también nos marca un sentido. Porque la fuerza de su presencia nos espolea y despierta en nuestro interior una aspiración infinita: nostalgia de plenitud –como Platón la describiera en el Fedro–, punzante, dolorosa que, sin embargo, nadie que la experimente cambiaría por algún placer más asequible y terreno.

De aquí –pienso yo– la fuerte sugerencia de lo entrevisto, no sólo en el plano del pensamiento especulativo, donde da lugar a ese asombro que es el principio de toda investigación y, en particular, de la larga marcha humana de la filosofía; sino también en la experiencia estética y amorosa, donde resuena como clara llamada a una plenitud prometida.

Todo ello supone, desde luego, una disposición abierta –atenta– para recibir el don. De hecho, no hay don posible, de ninguna naturaleza, que no exija para realizarse un sujeto que lo acoja. En el caso de la belleza, don gratuito e inutilizable, a pesar de su fuerza de atracción y del brillo mismo de su claridad, se requiere si cabe una disponibilidad mayor que la habitual: una actitud al mismo tiempo desprendida de la inmediatez de lo utilitario –que puede absorbernos casi totalmente– y en sí misma desinteresada, es decir, capaz de detenerse en la contemplación de lo captado. De manera análoga pues a lo que ocurre con la verdad misma, que clama por los caminos y, a la vez, pide un oído atento para poderse revelar, la belleza necesita que levantemos la mirada hacia ella aunque de por sí se manifieste imponente en su esplendor.

Pero cerremos ya nuestro breve recorrido. La llamada que nos hace el don de la belleza en una forma sensible nos puede traer –si atendemos su voz– a la contemplación de lo suprasensible y trascendental. Es la dialéctica ascendente esbozada por Platón en El banquete, camino de elevación humana y promesa de libertad. En todo caso, contemplar la gracia de esa aparición que nos hace en forma gratuita su presente, será siempre –lo tenemos comprobado– parte esencial del esfuerzo humano por afianzar la propia humanidad del hombre, eso que –bajo cualquiera de las múltiples formas que pueda revestir– constituye el núcleo de toda cultura.

Texto: El oficio del sabio, pp. 73-79, Madrid, Ediciones Internacionales Universitarias, 2010.
Imágenes: Basílica de la Sagrada Familia, de Antonio Gaudí.

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