MARISABEL PROFESORA

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Poemas. C. P. Cavafy

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LOS CABALLOS DE AQUILES

Homero

Homero, por Philippe-Laurent Roland

Cuando vieron muerto a Patroclo,
que era tan valeroso, y fuerte, y joven,
los caballos de Aquiles prorrumpieron en llanto;
su inmortal condición se indignó
ante la muerte de la muerte que veían.
Alzaron la cabeza, sacudieron las largas crines,
golpearon el suelo con las patas, y lloraron
a Patroclo, a quien sentían inánime –destruido–
una carne abyecta ahora –el espíritu disipado–
indefenso –sin aliento–
hacia la inmensa Nada vuelto desde la vida.
Zeus vio las lágrimas de esos inmortales
caballos y sintió lástima. “En las bodas de Peleo”,
dijo, “no he debido actuar tan irreflexivamente.
Habría sido mejor no haberlos regalado,
infelices caballos. ¿Qué ibais a hacer allí,
entre esos pobres seres, juguetes del destino?
A vosotros que estáis libres de la muerte y la vejez,
os atormentan calamidades pasajeras. En sus apuros
el hombre os ha atrapado”. Pero sus lágrimas,
seguían derramando los dos nobles animales
por la calamidad eterna de la muerte.


DESLEALTAD

Cuando Tetis y Peleo se casaron,
Apolo se levantó de la espléndida mesa
de las bodas y felicitó a los novios
por el vástago que saldría de su unión.
Dijo: Nunca lo tocará ninguna enfermedad
y tendrá larga vida. Dijo eso
y Tetis se alegró muchísimo, pues las palabras
de Apolo, que era experto en profecías,
le parecieron garantía para su hijo.
Y mientras Aquiles crecía, y era
gloria de Tesalia su belleza,
Tetis recordaba las palabras del dios.
Pero un día llegaron unos ancianos con noticias
y contaron la muerte de Aquiles en Troya.
Y Tetis desgarró sus vestidos de púrpura,
quitándoselos de encima, y arrojó
al suelo sus brazaletes y sortijas.
Y en medio de su lamento recordó el pasado,
y preguntó qué hacía el sabio Apolo,
por dónde andaba aquel poeta que en los banquetes
habla tan bien, por dónde andaba el profeta
cuando le habían matado a su en la flor de la edad.
Y los ancianos le respondieron que Apolo mismo,
en persona, había bajado a Troya
y, junto con los troyanos, había matado a Aquiles.


ESPERANDO A LOS BÁRBAROS

¿Qué estamos esperando reunidos en el ágora?
Es que los bárbaros llegan hoy.
¿Por qué tanta inacción en el senado?
¿Por qué los senadores no legislan?
Porque los bárbaros llegan hoy.
¿Qué leyes van a dictar los senadores?
Los bárbaros, cuando lleguen, harán las leyes.
¿Por qué nuestro emperador se levantó tan temprano
y en la puerta mayor de la ciudad sentado
en su trono, solemne y coronado?
Porque los bárbaros llegan hoy
y el emperador se dispone a recibir
a su jefe. Incluso ha hecho preparar
un pergamino para entregárselo,
y puesto allí muchos títulos y epítetos.
¿Por qué nuestros dos cónsules y los pretores han salido hoy
con rojas togas recamadas?
¿Por qué se pusieron brazaletes cuajados de amatistas
y sortijas de magnificas y destellantes esmeraldas?
¿Por qué llevan hoy preciosos bastones
exquisitamente cincelados en plata y oro?
Porque los bárbaros llegan hoy
y cosas como estas deslumbran a los bárbaros.
¿Por qué nuestros hábiles oradores no acuden como siempre
a pronunciar sus discursos, a decir sus cosas?
Porque los bárbaros llegaren hoy
y a ellos los aburren la retórica y las alocuciones.
¿Por qué han comenzado esa inquietud
y esa confusión? (¡Qué serias se han vuelto las caras!)
¿Por qué se están vaciando las calles y las plazas tan rápidamente
y todos regresan a sus casas tan desanimados?
Porque ya es de noche y los bárbaros no llegaron.
Y algunos recién venidos de las fronteras
dicen que ya no existen bárbaros.
¿Y qué vamos a hacer sin bárbaros?
Esa gente era una especie de solución.


TROYANOS

Son los esfuerzos de nosotros, los desafortunados,
son nuestros los esfuerzos como los de los troyanos.
Apenas logramos hacer algo, apenas
ganamos un poco de aplomo y empezamos
a tener coraje y hermosas esperanzas,
siempre ocurre algo que nos detiene.
Aquiles salta del foso ante nosotros
y nos aterra con sus enormes gritos.
Son nuestros esfuerzos como los de los troyanos.
Pensamos que, con decisión y audacia,
cambiaremos el curso descendente de la suerte,
y nos quedamos afuera listos para el combate.
Pero cuando llega la gran crisis,
la audacia y decisión se desvanecen;
el alma se conturba y paraliza,
y corremos alrededor de las murallas,
tratando de salvarnos en la huida.
Pero la caída es segura. Allá arriba,
en las murallas, han comenzado ya los lamentos.
Lloran los recuerdos y los sentimientos de nuestros días.
Amargamente nos lloran Príamo y Hécuba.


ÍTACA

Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca,
ruega que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
A los Lestrigones, a los Cíclopes
o al fiero Poseidón nunca temas.
No encontrarás tales seres en el camino
si se mantiene elevado tu pensamiento y es exquisita
la emoción que te toca el espíritu y el cuerpo.
Ni a los Lestrigones, ni a los Cíclopes,
ni al feroz Poseidón has de encontrar,
si no los llevas dentro del corazón,
si no los pone ante ti tu corazón.
Ruega que sea largo el camino.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que –¡con qué placer, con qué alegría!–
entres en puertos nunca vistos.
Detente en los mercados fenicios
para comprar finas mercancías,
madreperla y coral, ámbar y ébano,
y voluptuosos perfumes de todo tipo,
tantos perfumes voluptuosos como puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
para que aprendas y aprendas de los sabios.
Siempre en la mente has de tener a Ítaca.
Llegar allá es tu destino.
Pero no apresures el viaje.
Es mejor que dure muchos años
y que ya viejo llegues a la isla,
rico de todo lo que hayas ganado en el camino,
sin esperar que Ítaca te dé riquezas.
Ítaca te ha dado el bello viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
No tiene otras cosas que darte ya.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Sabio como te has vuelto, con tantas experiencias,
habrás comprendido lo que significan las Ítacas.

Cien poemas, traducción de F. Rivera, Caracas, Monte Ávila Editores, 1968

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